El paisaje toponímico de Francisco Fernández del Riego II: Pumar de Don

Don Paco fue un trabajador incansable hasta los últimos años de su vida. En las décadas de los años noventa y de los dos mil, con más de ochenta y noventa años respectivamente, publicará tal vez los libros más relevantes en su bibliografía intelectual, tal y como define Ramón Nicolás en la biografía que se puede consultar en la página de la Real Academia Galega dedicada a celebrar la vida de Francisco Fernández del Riego. Entre estas obras está su primera novela, O Cego de Pumardedón.

Novela dura con un componente autobiográfico, O Cego de Pumardedón (1992) está considerada un símbolo de la generación de Fernández del Riego. Mauro, su protagonista, ciego a consecuencia de la Guerra Civil, relata su vida cotidiana donde se mezcla su pasado como soldado franquista en el frente de guerra con su presente oscuro en el lugar de Pumar de Don, en la feligresía de Lourenzá. Es Pumar de Don, pues, el topónimo que comentaremos en este segundo capítulo de artículos dedicados al paisaje toponímico de Don Paco.

El primer elemento del topónimo, Pumar, es bien reconocible: se trata de una variante con cierre de la vocal pretónica de la voz del gallego común pomar, palabra que se emplea para designar terrenos plantados con árboles frutales donde predominan los manzanos. El Nomenclátor de Galicia recoge casi un ciento de lugares que incluyen las formas Pomar o Pumar y derivadas, bien de forma sintética, como Pumariño, o analítica, como el caso que nos ocupa, Pumar de Don.

Pumar, pues, es un derivado con el sufixo abundancial -ARE, variante de -ALE, de la forma POMA, POMARE. Como explica Gonzalo Navaza en su libro Fitotoponimia Galega, la voz latina POMUS designaba cualquiera tipo de fruta; de ella derivan en la actualidad la voz culta “pomo” con los significados de ‘fruto complejo de forma redondeada o piriforme con el mesocarpo carnoso y el endocarpo que contiene las semillas’ o ‘tirador que sirve parar abrir una puerta’. La voz latina femenina POMA adquirió en partes de la Romania el significado de manzana y, de este modo, lenguas como el catalán o el francés usan derivados de este étimo para designar el fruto de los manzanos. Nuestras manzanas provienen del segundo elemento del sintagma MALA MATIANA, derivado este de MATIUS, nombre de un botánico que, según Plinio, fue el grande difusor de la este árbol frutal. El sintagma MALA MATIANA podría ser traducido, por tanto, como  ‘manzana de Maltius’. La homonimia del sustantivo latino MALA ‘manzana’ con el adjetivo MALA (‘mala’) pudo estar detrás de que triunfara el segundo elemento para denominar la fruta.

Tenemos claro, pues, el significado del primero de los formantes del topónimo; pero ¿qué será ese Don que viene después de la preposición "de"? Lo más fácil sería relacionarlo con la fórmula que precede en los tratamientos de respeto a las personas, sin embargo en este caso hoy nos falta el nombre de pila que suele acompañar al Don. Pero no fue siempre así:  en un documento del Mosteiro de San Salvador de Lourenzá datado en 1094 me los da con un “Pumar de Domno Ero” y en otro de 1150 con un “ipsa uilar Pumar de Domno Ero”. Esto significa que el pomar era de una persona llamada Ero.

Ero fue un nombre bastante frecuente en la Edad Media, del germánico HAIRU, 'espada'. Según podemos ver en la Guía de nombres galegos, en su difusión es posible que influyera “la confluencia del nombre Eros, procedente del griego *Érōs 'deseo de los sentidos, amor, pasión', a través del latín Eros, la personificación del amor.

Al tratarse de un nombre muy común en la Edad Media, es bien difícil conocer quién fue el Don Ero primer propietario de este pomar. De Lugo fue, por ejemplo, su conde Ero Fernández (siglo IX-X), padre de santa Aldara o Ilduara de Celanova y abuelo de San Rosendo, así como fundador de los monasterios de San Salvador de Asma, en Chantada, y de Santa María de Ferreira de Pallares, en Guntín. Otro Ero, este de A Armenteira (siglo XI). fue un frade, que, según la leyenda, quedó dormido escuchando el cuanto de un pajarito y despertó trescientos años después. Popularmente se relacionó su leyenda con la recogida en la composición número 103 de las Cantigas de Santa María del rey Afonso el Sabio.

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